Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


25.7.03  :: 01:30

Anoche JM me invitó a tomar un vino espumoso a su terraza. Como M no había llamado, decidí aceptar su invitación.

Si algo me fastidia es que cuando alguien queda en llamar o en venir, no lo haga. Me saca de mi sano juicio. Podrá ser síndrome de abandono o lo que quieras, a mí me acaba. Porque tengo la mala costumbre de tomar a la gente en serio, cosa mala, y el hastío de la espera me da espacio para pensar, por qué carambas soy de las que espera y no de las que dan plancha. O peor, se acrecenta en mí el deseo por el indiferente, pero el deseo insatisfecho, ése que duele. Porque a medida que uno más ansía del y al otro, su desinterés menoscaba más el, de por si cotidianamente ametrallado, amor propio.

Entonces, entra en vigor otra de esas pocas reglas de supervivencia que me he inventado. Le pongo punto final a la espera. Y aunque aguarde al mismísimo príncipe azul, me largo. Jalo de la greña a mi otro yo que sigue ansiando, y me largo. A donde sea y con quien sea. Con cualquiera que me quiera voy y adonde quiera...., dice la canción. El caso es que si mi compañía no le es grata a uno, para otro sí lo será. Y la verdad, es que siempre ha sido la más acertada de las decisiones: termino por pasarla muy bien, además de que empato al ingrato con mi olvido, aunque éste sea momentáneo.

Por lo tanto, acepté la invitación casi sin pensarlo.

Pero, luego recapacité, ¿qué iba yo a hacer con este casi desconocido en su terraza? No es mi amigo, no hemos hablado de nada fuera de sus galanteos y no tiene para mí pinta de amante, ni siquiera casual. Además hacía un mentado frío que, qué va. Si me hubiera invitado a tomar un café o una cerveza en otro lado, podría haberlo entonces explorado, pero él no tiene tiempo para eso. ¡Ah, cómo ha insistido desde que lo conozco con lo del vinillo y la vista desde su terraza! Estaba dejándome caer en sus más baratas redes. Y es que ni el vino le cuesta, en eso trabaja.

Así que repasé la regla y resolví acotarla. Cualquiera sí, pero cualquiera al que yo ya quiera o que me provoque interés. Opté por cancelarle y elegí llamar para saludar a algunos otros amigos que los tengo, yo a ellos, en el olvido. Y mira si existe la providencia. Los ángeles, que siempre andan pendientes de encontrarme lugar para que estacione el auto, me hicieron un guiño. Tan pronto llamé a JM para decirle que su invitación no me causaba ninguna ilusión, sonó el teléfono. Era JMM (y de veras, sus nombres hacen pirámide) que andaba de celebración y requería que yo le acompañase. En menos de quince minutos estuvo por mí. Más de un año de no verle. Así que la noche en que pude flagelarme finalizó, por puros azares, con el siguiente marcador. Si M llamó o no, terminó sin importarme; a JM le dejé solo, con sus fantasías, bebiendo su vino en su terraza; en tanto que JMM y yo, pasamos la noche guaracheando al son del Mamá Rumba.

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