Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


22.8.03  :: 19:53

¿Qué haríamos sin el deseo?
Comentó Jimena.
Nada, creo yo.

El deseo es la columna sobre la que sostiene la vida.

Anticipo que no pretendo establecer nada, sino esbozar mi perspectiva.

Hace algunos años robaron mi casa. Los ladrones se llevaron todo. Sí, todo, pero todo lo que no necesitaba, joyas, maletas, y aparatos, entre los que atinaron a cargar con el maldito televisor. ¡Feliz día! Antes de esa mañana, muchas noches y hasta días enteros los pasé, tras su partida -creo que todos conocemos el argumento-, sentada estúpida frente al estúpido aparato. No recuerdo lo qué veía o si siquiera lo veía. Creo que lo más acertado es decir que, bajo su pretexto, lo único que hacía, era no apartar la mirada de mi ombligo, ni soltar el control.

Esa noche, desarmada, busqué a mi, entonces, única amiga. Y hablé, hablé por horas, y lloré como no había llorado. Tras varias horas de paciencia, mimos y mocos, ella me aconsejó entendida:
- Tómate un Calcetose.
- ¿?
- Sí, un Calcetose, necesitas vitaminas.
Y sí que las necesitaba. Había perdido tanto peso que mis muslos no se tocaban.

Una de las cosas buenas de ver pasar lo años, es que uno aprende a convivir mejor con sus demonios.

La enfermedad del deseo, es la depresión.

Estar deprimido es no desear nada. No desear levantarse, no desear comer, no querer absolutamente nada. La gula y la lujuria, que con la depresión se desatan, no son sino el otro extremo de lo mismo: la mirada puesta en el ombligo.

Solía sentirme culpable por estar deprimida.
¡Tanto que uno tiene y no desear hacer con ello nada!

Hasta que un día levanté una encuesta entre los amigos y les pregunté a ellos, cuando estaban deprimidos, qué les pasaba. Las respuestas fueron varias. Hubo el que todo el día, lo único que hacía era jugar algún juego electrónico, mientras observaba cómo se acumulaban hasta el tope sus responsabilidades, sin ningún animo de atenderlas e incluso, sin ningún ánimo de ganarle a la máquina. Otro que se vertía en el trabajo, otro que no podía dejar de chaqueteársela.

Todo en automático. La voluntad ausente.

Entonces aprendí que mi depresión no era extraordinaria. Que avergonzarme o vanagloriarme de ella, era ahondarla. Que parte de lo que se necesita para salir de ella, es estimular otras áreas del cerebro, y que para eso sirven los antidepresivos, pero sobre todo poner la atención en otra cosa que no sea el ombligo, aunque a uno no le da la gana: salir de paseo, adornarse, hablar, percatarse de que existen otros.

Mimar al deseo para que otra vez asome.

Abrir las compuertas del control a las emociones.
Soltarlos y dejar que a uno lo muerdan los perros de la tristeza, del fracaso, de la rabia.

Crearse pasiones, dijó Oliva.

Y así, uno de esos días sin esperanza, pero con suerte,
vuelve a amanecerle a uno.
Amanece uno con apetito,
deseoso,
vivo,
lloroso o jacarandoso,
pero de regreso en el mundo de los vivos.
Milagrosamente resucitado de entre los más tristes de los muertos.

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