Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


16.9.03  :: 01:39

Nicomenicus me envió este cuento que también a mí me gustó mucho. Me hizó pensar en las promesas que se hacen cuando, sin terminar, pero sin saber si regresarán, se separan los amantes.

Hay por cierto una promesa, que cómo me gustaría solicitar su cumplimiento.

Como sé que un recuerdo no se le niega a nadie, te mando éste que sin querer se abrió paso con una pujanza que parecía desmentir su antigüedad. Porque, en efecto, hacía más de diez años que ni la sombra de tu nombre me venía a la cabeza y eso que tu departamento, donde tantas veces nos evadimos de la vida pública, sigue plantado como siempre en el camino de tu casa a la universidad. Durante mucho tiempo, a pesar de que un día lo creímos imposible, me olvidé de ti.
Hace rato de me viniste a la memoria: primero como unos labios, luego como una cara borrosa que se iluminó, lentamente, a partir de una sonrisa que hizo resucitar tu cuerpo y los detalles de tu habitación: la repisa con búhos, la colcha de satín, el sofá gris donde tu ropa se aburría con la mía, mientras tú y yo -conste que no digo nosotros- nos barajábamos como naipes de póker, y entre risas y ansias, apostábamos a una sola carta el resto de la vida. Y perdimos, ¿te acuerdas?
Pero te recordé en tu mejor momento: protagonista de esa época que ha dado a mi vida tintes de epopeya, porque esa vez fui todos los hombres que te habían deseado y tú, todas las mujeres que he querido tener. El ramalazo de esta imagen donde apareces victoriosa brincando me deja aturdido, con una inmensa sensación de pérdida: te siento como un hoyo en el estómago, pues a mí, debo decírtelo, más allá de romanticismos baratos, es en el estómago donde se me materializa la añoranza, donde tengo el alma bañada en jugos gástricos.
Sentí tu pelo en mis manos, sentí tu espalda, vi tus ojos cerrarse contra las sábanas y me dolió como una coz de mula tu falta, tu ausencia simple y llana. Estamos a más de diez años de esta escena y compruebo, una vez más, que el amor es menos intenso que la nostalgia. Muerdo la boquilla del cigarro y evito tu nombre. Tú, lo supongo, sigues como entonces: casada, bien casada y yo, fiel a nuestro viejo acuerdo, te rindo este homenaje anónimo, en el que disfrazado soy una mera voz narrativa y tú, un personaje sin más identificación que una recámara, como hay miles de recámaras; porque si te has fijado, no hablo del color de tus ojos ni menciono ciertos lunares, y el sillón de tu cuarto lo he vuelto gris deliberadamente.
Lo que de este recuerdo importa es la estructura, no los nombres que nos dábamos entonces; tampoco digo lo que ocurrió realmente: ningún lector, metiche en esta historia, sabrá la causa por la cual dejamos de vernos; sólo sabrá que un yo y un tú dejaron de verse y podrá imaginar lo que se le dé la gana: que no estuve a la altura de tus exigencias, que a la hora de la verdad nos faltaron agallas o que no nos queríamos lo suficiente: me tienen sin cuidado las conjeturas que de aquí puedan derivarse. Yo he preferido desdibujar tu rastro para cumplir una promesa que tal vez no recuerdes; pero en esa ocasión en que luchábamos a muerte, apostándonos a una sola carta, te dije que si algún día remoto e indeseable, cuando todo entre nosotros hubiera terminado, me acordaba de ti, te dedicaría unas palabras sin comprometerte, las más sinceras y las más auténticas. He cumplido: un recuerdo, igual que un vaso de agua, no se le niega a nadie.

Actualización: Consciente mi amigo de que un crédito tampoco se le niega a nadie, me avisa que el cuento es de su querido amigo Óscar de la Borbolla, de su libro "Un recuerdo no se le niega a nadie. Autobiografía ucrónica".

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