Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


6.10.03  :: 23:08

De poemas y corbatas

- ¿Te sirvo (para) algo? Me inquietas ... ¿Cómo te...
- ¡Cuidado! - la voz le hizo callar -
Éste es el primer verso de nuestro poema -
y esta vez la voz le pareció de terciopelo - ...

- ¿Me buscabas? - preguntó tocándome en el hombro.
- No ... - contesté desconcertada, luego de haberme girado para verle y descubrir por vez primera la travesura de sus ojos.
- Bueno, quizás tú a mí no, pero yo a ti, sí - dijo sonriente, y sin más preámbulos se adentró en mi vida. Jadeaba. A zancadas nos había alcanzado justo antes de que cambiásemos de acera, tras encontrarnos desaparecidas de detrás de sus vidrieras en las que exhibía corbatas.

Sobre los amores de paso, el maní
y de cómo mienten los corazones baldíos

Cumpliría años el cinco de diciembre. Los meses transcurridos entre esta fecha y ése, nuestro encuentro, habían sido de gloria creciente. Una gloria celosamente acunada entre techo y paredes de cuartos de moteles que ese día convenimos en lucir por la calle: enunciarnos como amantes ante sus amigos y muy escasos familiares, hacer planes para abril.

El reloj marcó muchas horas de espera esa tarde. Antes no supe la inconveniencia de no saber dónde, que no fuera donde siempre, encontrarle. Con el atardecer llegó la certeza de que él no vendría, de que no vendría nunca, ya nunca más. Y me ofusqué. Ciega, cuando las cosas van bien, es porque algo está mal, muy mal, yo lo sabía y no había sido suspicaz. Una, dos, tres noches, llanto, silencio y orgullo calando. Una, dos, no llegué a tres semanas, no pude más y me lancé a buscarle.

Tarde. No le hallé. Aquel día cinco, él había concluido su viaje. Cómo, lo supe semanas después, a cuentagotas, al dolor no le precisaban los detalles. Lo importante era claro. Un cacahuate, un ordinario cacahuate, puso punto final a su itinerario y a nuestra rima y a nuestra gloria. Atrancado en el tren de su respiración, trastornó sus horarios y frenó para siempre sus ritmos vitales. Tan fresca como tenía la boca, así de frágil tenía el corazón.

Acerca de por qué detesto los relojes
tanto como a los subjuntivos

A raíz de este desenlace, híceme dos promesas que cumplo cabalmente. Una, cada vez que me despido recuerdo que uno está siempre de paso, que, aunque remota, existe la posibilidad de que sea ésta la última vez que me encuentre con el que tengo enfrente y me pregunto si puedo despedirme ahí de él para siempre. No sé, la vida, el ánimo, las circunstancias, cualquier cosa igual que se halla, se pierde. La segunda es nunca consentir al enojo más de un día. Si algo ha de tronar, que truene. No hay peor espera que la que la incertidumbre o el orgullo imponen, ni peor pérdida que la de quedarse con lo que se tuvo para dar. ¡Ah, y también resolví que contar el tiempo, no es importante! Uno siempre se alarga, rara vez se acorta, y para mí es religión, no dejar para un mañana los amores a dar y recibir el día de hoy.

Tan, tan...
Y con ésta me despido, creo,
del tema de las corbatas.

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