Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


2.12.03  :: 13:51

Argentina me gusta. Sospeché que así sería. De Chile no lo sospeché nunca. De hecho, que Santiago fuese en mi itinerario el punto de partida, fue algo que decidí por seguir el consejo de un amigo de internarme en este país tras cruzar en autobús los Andes.

No sabía que este trayecto suelen los aventureros realizarlo en tiempos invernales, cuando la nieve alcanza a formar paredes de hasta tres metros de altura alrededor de Los Caracolitos, que es como se les llama a las treinta y seis curvas del ascenso. De haberlo sabido, me habría alegrado todavía más de recorrerlo aún en primavera, pues la impresión que provocan las montañas desnudas no es menor y seguramente me ha sido más agradable que el de la nieve, el peligro y el frío.

Santiago me impresionó, no lo esperaba tan lleno de vida; y por lo que supe de los parajes de sus otras doce regiones, abrigo la intención de recorrer Chile bajo otras circunstancias, por eso no prologué ahí más mi estadía.

Con unos pocos más de días en esta zona, entiendo que mucho de lo que me gustó de Santiago sucede también en Argentina.

Me gustan las pequeñas granjas, los pequeños huertos, los talleres, las bodegas, los viñedos, los olivares y los hostales que embellecen las salidas de las ciudades.

Me gusta que en cada calle haya muchos pequeños comercios, farmacias, cafés, bares. Que los productos disponibles, desde los cosméticos hasta los comestibles, sean muchos de marcas locales. Me gusta que en el autobús el café soluble no sea de Nestlé, y que la pizza solicitada desde el hotel provenga de la pequeña pizzería vecina y que su calidad sea incuestionable.

Me gusta que la capacidad empresarial no haya sido aún reemplazada con franquicias.

Me gusta que la gente se vacíe en sus calles, cafés, plazas y parques, y que no le teman a que sea lunes o domingo; ni les espante la noche o el desvelo; ni si son ciudad o pueblo.

Me gusta que los niños vayan a la cama después de las diez, que los restaurantes no deban tener juegos para entretener a los infantes, y que estos se hallen bien tomando soda sentados al lado de sus padres.

Me gusta que en cualquier lado y bajo cualquier motivo sea bien visto destapar cervezas de a litro. Me gusta el tamaño de sus porciones y el poco empacho que tienen para dos de ellas en un sòlo día manducarse.

Me gusta que todos los días los que actúan tengan público y que donde abunda la gente, no abunden los vendedores ambulantes.

Me gusta el olor que despiden tantas pequeñas panaderías y que todas ellas ofrezcan sus pasteles rebanados; que hagan el café cargado.

Me gusta que la televisión transmita el precio del ajo al mayoreo en los mercados y las noticias de los pueblos y ciudades más remotos.

Me gusta lo concientes que son de sus recursos.

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