Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


20.12.03  :: 14:34

Desde que me instalé en mi hotelito en Constitución hace tres semanas, me guiñó el ojo éste, el Restaurante Manolo.

Ayer me di cuenta de que transcurren los últimos días de este viaje improrrogable. O me voy ya o no habrá lugar para mi regreso sino hasta finales de enero, y aunque no tengo urgencias, me parece bien aceptar que hay términos. Así que sin más, me pongo a tono con mi papel. Me dispongo, por primera vez, a comer a tiempo, al medio día y bien.

Anoche me reuní con amigos en el Gran Buenos Aires, que vendría a ser, en términos chilangos, algo así como haber salido del DeFe al Estado de México.

« Hasta que me olvides voy a intentarlo… hasta que no exista un mañana ni un después… », canta en la radio Luis Miguel. El hielo suda. Hace calor como en nuestras costas, sólo que no huele a costa, ni hay aquí pescados, ni tampoco tengo la esperanza de caminar apenas un poco y ver allende el mar. Eso pensaba anoche, en la sala de estar de mi amiga, mientras lánguidamente morfábamos las pizzas que ella había tenido a bien preparar.

He buscado el río y por poco y no lo encuentro. Hasta hoy, mirando un mapa, comprendí que el Río de la Plata no es un borde por el que fácilmente se pueda pasear; que es mucho más golfo que río, que no se ve desde aquí la otra orilla, y que Montevideo está muy lejos de mi voluntad.

Debiera llamar, es hora, pero bueno, delante de mi espera la entrada. Media porción de jamón crudo, que de media no tiene nada. La cortesía hará antesala. Además ¿qué diré? Si aún no tengo idea clara del rumbo que he de seguir en cuanto salga de este refugio gastronómico hacia el crudo sol del medio día.

Manolo. Varias veces pasé por aquí y miré este sitio desde las ventanas del colectivo: siempre lleno de clientes, siempre lleno de vida. Mi idea inicial fue ir a Plaza Dorrego y comer en uno de esos sitios medio fashion que la rodean. Pero pasé por aquí y volvió a guiñarme el ojo esta esquina. Hay citas sobrentendidas a las que conviene asistir cuando aún es tiempo.

Manolo se acerca a la mesa. Sesenta años, español. A mi derecha y a mi izquierda, dos grupos de hombres le llaman para conversar con él y sobre fútbol. Sobre mi cabeza ondean varios banderines, las insignias del River Plate y una bandera del Cruz Azul.

Llega mi asado de entraña, y un cuarto de vino para acompañarla.
Hace más calor.

Voy dando lentamente cuenta de la carne, haciendo gala al cortar para mí bocados fat-free, de las cualidades que me pudieron haber llevado a ser mejor cirujana que como-se-llame-lo-que-hoy-soy, sin por pensarlo echar de lado el par de cosas que sí hago bien.

La sal aquí sala extraña, no proviene de salinas vecinas al mar.

Por la mañana, retumbe de tambores de los piqueteros y un poco antes, al regreso, ora sí, las prostitutas de Constitución; y la suma de un nuevo desvelo.

Furia, ¿dónde andás?
Hace calor. Calor denserio, diría otro amigo insomne.
Siento mi pulso en las venas de la sien.
El asado. Estoy a punto de terminarlo.
Yo quiero ir a navegar.

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