Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


4.12.03  :: 18:10

Llueve. Desde que salí de Mendoza no ha dejado de llover un sólo día.

Ese anochecer, el viento empezó a arreciar hasta hacer que a los árboles altos y delgados, quizás cipreses, que bordean el camino hacía San Juan, los viera, a contraluz, como algas que se agitaran inquietas en un fondo de mar profundo. Tanto así se mecían.

El fuerte viento precedió a la primera gran tormenta de primavera. Al llegar a este poblado, las calles estaban convertidas en riachuelos y la gente celebraba en ellos el final de la sequía.

Sequía de más de siete meses, tanto para la Región del Cuyo como para la Mediterránea, nombres dados a las regiones donde se hallan asentadas las ciudades de Mendoza y Córdoba, respectivamente.

Sigue lloviendo desde entonces todos los días. Ahora incluso en demasía. Tormentas de granizo y lluvia castigan huertos y viñedos; también alimentan raudamente los depósitos aluviales hasta hace poco muy disminuidos.

Me sorprende en estas regiones el modo en que el hombre lidia con la naturaleza, y el aprovechamiento y administración del agua forma parte de esa contienda.

Santiago es una ciudad que me recordó a Oaxaca con sus casas pequeñas y calles estrechas, embellecida por numerosas áreas verdes, aunque nunca suficientes como para quitar cierta sensación polvorienta. Cuando sobrevolé sus alrededores, me sorprendió lo árido de su entorno. Las casas en las afueras de la ciudad se veían desde las alturas, como recortes de un verde intenso sobre inmensos valles pardos.

Valles pardos y semidesérticos que se extienden a uno y otro lado de la cordillera.

Valles que son altamente productivos gracias a la selección de los cultivos y a que son irrigados ingeniosamente con las aguas del deshielo de los Andes.

A ambos lados de la cordillera, el quehacer humano mueve pueblos y alza diques para acopiar cada vez mejor dicha agua; así como cambia cauces y construye canales para conducirla luego, ordenadamente, a sus plantíos y urbes, por la mano del hombre forestadas.

Más allá de los intereses individuales, se trata de intereses bien entendidos como comunales. Así, por ejemplo, en Mendoza, la administración del agua está en manos de los productores y es autónoma. A cada uno de ellos le corresponde un día de regadío a la quincena, en el que inundan sus huertos, olivares o viñedos, que están dispuestos para aprovechar y hacer fluir de la mejor forma posible el agua entre planta y planta.

Mendoza, además del uso de declives en sus huertas, tiene un sistema de regadío artificial bastante particular, herencia de los incas y enseñanza de los indios guarpes a los españoles, que consiste en la construcción de una red efluvial de canalillos que corren paralelos a las hileras de árboles sembrados en cada calle.

Así Mendoza es una ciudad frondosamente arbolada, arrullada por el murmullo constante del agua que corre por todas sus aceras canalizada en acequias.

Otro ejemplo de este esfuerzo por transformar la naturaleza, lo vi en La Cumbrecita. Un complejo a una hora más o menos y mucho lodo (porque llovía) de Villa General Belgrano, en la serranía cordobesa. Un frondosísimo vívero en medio del típico paisaje árido, desolado y agreste de estas tierras.

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