Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


28.12.03  :: 09:08

No ha demasiado del año en que resolví perdonar a Papa Noel.

Supongo que nuestra sociedad que cada vez cree en menos y en la que menos tradiciones se conservan, requiere cada vez más y como siempre, algún motivo por el cual enfiestarse entera, reunir a sus familias, romper el monótono ritmo cotidiano.

Los preceptos y ritos del cristianismo, se han vuelto la religión moderna. Sobre todo aquellos que implican jarana: bautizos, matrimonios, navidad, semana santa. En un mundo donde es moda declararse libre del yugo religioso, creyente o no, no deja de sorprenderme que la semana siga siendo de siete días y que el séptimo, que en realidad es el primero, sea considerado de reposo. ¿Porqué siete? ¿Porqué domingo? ¿Porqué el reposo? Porque sin convenciones no hay embrague.

Dentro de esta sociedad los hay que perseveran en la fe, algunos más que perseveran en la tradición, bastantes más que hacen evolucionar la tradición y otros más que creen que sin fe las tradiciones pierden su sentido. Yo era de las últimas hasta que me dio por pensar que la cultura, y llamo cultura al modo actual en que una sociedad hace las cosas, está siempre gestando tradiciones. Habrá un día que con nostalgia digamos, "En mis tiempos la navidad se celebraba en familia y con regalos..."

Pasar la fiesta navideña en Buenos Aires, fue un acontecimiento digno del viaje. En primer lugar nadie tuvo a bien avisarme que la ciudad se moría a partir de las siete de la tarde, que a partir de esa hora y hasta la mañana siguiente, hallar un taxi sería no menos difícil que un milagro, que los colectivos pasarían cada hora, y que el subte no extendería sus corridas normales. ¿A quién pudo parecerle necesaria una advertencia al respecto, si todos (menos yo, claro) lo saben? Lo más cercano que escuché fue un "No sé cómo haré para ir ...", cosa que a decir verdad, no entendí sino hasta que me sentí confinada en mi hotel, condenada a pasar ahí las horas de la cena o a aventurarme a esperar un colectivo. Finalmente eso hice y mis ángeles custodios (tengo dos) me llevaron a caminar, primero a la parada y luego por hacer algo más que durante media hora no hacer nada, hasta donde un taxista dejó a una señorita y accedió a llevarme.

La cena espléndida, en casa de la mamá de Ylek, a quien agradezco de corazón haberme permitido entrar a su mundo familiar. El plato principal, Lechón a las Brasas, que por horas asó el primo; y de primer tiempo y tan sólo lo que probé: PioNono - un enrollado-, Lengua a la Vinagreta, Vitel-Tone, pollo horneado y morrones, además de ensalada rusa y ensalada mixta. Todo delicioso.

La media noche nos llegó entre el primer tiempo y el lechón. Ha nacido Jesús. Es la hora de brindar con sidra, abrazarse y desearse ¡felicidades! Salimos a la calle para ver por casi una hora los fuegos artificiales. No hay vecino que no cuente con un arsenal pirotécnico. Rezumban cohetes, petardos. Brillan estrellitas de colores. Hora de entregar y recibir regalos.

A mí me entra una estúpida alergia, supongo que a la pólvora, que hace que no pueda dejar de estornudar y moquear y se me hinchen los ojos de tanto lagrimear. A pesar de sentirme por la alergia incapaz de pensar, termino mi porción de lechón y como pan dulce y turrones. El festejo familiar ha terminado. ¿Dije ya que los argentinos no son grandes bebedores?

Dos de la mañana. Bajo del auto familiar en avenida San Juan al 3000. La gente está vertida en la calle. Parejas, familias, grupos de amigos; muchos buscan taxi, otros tantos caminan, otros sólo pasan el tiempo reunidos, sentados a la banqueta. Los boliches en poco abren. Me meto por alguna callejuela esperando que por segunda vez en la noche, el milagro del taxi se me haga y sobre la avenida la competencia es demasiada. Llego a una esquina donde me siento detenida, me espera una calle oscura. Observo a un hombre que se dispone a caminarla. Detrás de él, la camino yo. En la siguiente esquina, premio: otro taxista deja en casa a otra señorita y accede a llevarme al barrio de San Telmo. Llego tarde para quien me espera, y me espera una travesía por la ciudad; una soda, azul la mía, revitalizante, y un mirar amanecer el día de navidad tras el Obelisco de Buenos Aires.

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