Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


6.12.03  :: 17:41

Nos subimos al colectivo. Siete finlandeses, Oscar, Ariane y yo. A Oscar le conocí anoche cuando pregunté a dónde podría ir y él me dijo:
- Vení con nosotros mañana. Nos vemos aquí a las dos.

A Ariane la conocí hoy. Llegó de La Plata, es amiga de Oscar y vino sólo para bailar tango con él.

Ya subidos en el autobús, tras detener su tránsito más de quince minutos en los que el chofer explicaba, los finlandeses entendían y entre todos recabábamos las suficientes monedas para pagar cada uno de nosotros nuestro pasaje, nos acomodamos todos en el vehículo de pie y agarrados de los tubos.

Ella, sentada delante de nosotros, preguntó a una de las dos finlandesas, a la que le quedaba a su izquierda:
- ¿De dónde sos?

El escaso español de la finlandesa fue suficiente para contestar a la primera, a la primera vuelta:
- De Finlandia.
- "Kitos" es la única palabra que conozco en finlandés – rápidamente replicó ella.

La otra rió y me preguntó qué era lo que la primera había dicho. Yo, que no estaba segura de lo que había oído, le pedí a la chica que me repitiera la frase; ella lo hizo y yo traduje para la finlandesa, que rió ahora aún más.
- "Kitos" como en mosKitos, por eso me acuerdo yo. Quiere decir "gracias" – la primera completó su idea.

Entonces me contó en dónde y cómo había aprendido la palabreja, y como la historia fuera un poco larga, la finlandesa se desesperó porque no traduje al mismo ritmo al que hablaba ella, por lo que de ahí en adelante nos ignoró. Terminada la historia, ella me preguntó si yo era de México porque en algún momento dado me había escuchado decir "ahorita". Contesté que sí. La señora debajo de mi brazo, a la que la primera había cedido el asiento mientras todo esto sucedía, comentó que a ella le gustaba la gente de México, cosa en la que la primera coincidió.

Cuando escucho a la gente hablar de México, en estas y otras latitudes, de lo que les implica sentimentalmente Luis Miguel o la música de mariachis, o de cuánto les gusta El Chavo del Ocho o las telenovelas mexicanas como "Amigas y Rivales", me siento como quinceañera de corazón punk, envainada en un vestido de tul, mientras escucha a su sinceramente emocionado padrino en una de esas fiestas con pastel de cinco pisos y merengue color azul: no sé qué sentir.

La conversación siguió esos derroteros. El tema: los artistas mexicanos y lo mucho que se entregan. Ella, la primera, dijo que eran rebuena onda al menos los de Maná, a los que ella había conocido un poco más de cerca en el backstage de alguna presentación. La señora debajo de nuestros brazos, que seguía atenta la conversación, dijo no saber quiénes eran ellos. Estaba a punto de agregar que casi tampoco yo, cuando Oscar dio aviso de que debíamos bajar ya del colectivo.

Rápidamente me despedí y cuando mire bien alrededor me encontré con que ella, la primera, en cuestión de segundos se había decidido a bajar ahí también para unírsenos.

Ella tampoco es de aquí, aunque sí es argentina. Ella, que ahora tiene nombre y éste es Claudia, tampoco tiene para hoy un plan determinado y quiso saber los nuestros. Es por eso que ahora estamos aquí sentadas en un café internet escribiendo pavadas y aprendiendo lo que es un blog, ¿viste?

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