Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


30.1.04  :: 02:10

La suerte de la fea...

En la universidad solía hacerles la vida de cuadritos a las niñas bonitas. A aquellas a las que los muchachos se esmeraban por cargarles los libros y hacerles las tareas. Nada había que me fastidiara más que los ojos de borrego a medio morir con que ellos las miraban mientras ellas se mostraban tan dulcemente inútiles. Nada. Ni siquiera ellas.

Como se comprenderá, yo no pertenecía a dicho bando, sino al sector ignorado, al de las compañeras. Al de las que si se les invita un café, es para que expliquen y si se les habla bonito, es para que se dejen copiar porque hay examen. Al de las vírgenes de medianoche que, a falta de otras opciones, se les encuentra a esa hora pegándole todavía recio a la tecla o enclaustradas en algún cubículo de biblioteca.

Decía alguno de ellos que en el campus, las mujeres nos dividíamos entre las hermosas, las bonitas, las másomenos, las feas y las de ingeniería; y yo me recibí de ingeniera.

A cambio de todas esas amabilidades, aprendí cosas muy valiosas como, por ejemplo, a dar clases, a brindar asesoría y a escribir con dos o tres tipos de letra; cosa que me fue muy útil para ahorrar para mi primer gran viaje, pues cobraba por hacer, junto con el mío, uno o dos exámenes más a beneficio de los galanes. Mi negocio se incrementó más tarde con mi colaboración para la perpetración de un par de tesis profesionales (además de la mía): una de ingeniería mecánica y otra de administración de herencias.

Decía pues, que solía hacerles pesada la vida a las niñas mimadas por mis gentiles compañeros, y es que casi siempre me elegían a mí para ser jefa de equipo y en equipo era como debíamos cubrir gran parte de los créditos.

Si de mi dependía (y de mí dependía siempre) compartir la calificación que en equipo obtuviésemos, las niñas lo harían, pero ganándolo igual que todos, con el sudor de su frente.

¡Ah, cómo era difícil hacerlas trabajar! No tanto por ellas, sino porque los príncipes no se daban por vencidos. Ni ellos, ni los plebeyos (los que no tenían permitido, fuera de este contexto, ni siquiera acercárseles para llevarles los libros). ¡Todos abocados al rescate de la pobre princesa que había quedado a la merced de yo-bruja que le exigía estrenar su cerebro!

A veces resultaba más productivo dejarles a ellos hacer lo que les había encomendado a ellas, a que no hicieran ni lo suyo por estar tan inquietos. Entonces debía soportar la disimulada sonrisa triunfadora de las bellas.

Había una en especial de la que yo siempre me pregunté, si lograba graduarse, con lo poco que podía hacer qué podría ser de ella. Ojos verdes enormes, blanca tez, pelo negro. ¡Qué cara de desvalida! ¡Blancanieves! ¡Y qué sonrisa triunfal tan más odiosa!

Con el tiempo, yo aprendí de esa lucha varias cosas, con las que no espero que estén de acuerdo. Primera, que la hormona es la hormona; segunda, que el mundo no tiene remedio; tercera, que a hombres y mujeres la belleza nos insta a protegerla; cuarta, que la inhabilidad de las mujeres muchas veces es signo de listeza; quinta, que los hombres entienden mejor cómo proteger a Helena que a Hipólita; sexta, que la belleza no es cuestión de cantidad, sino de saberla administrar; y séptima... a que me carguen los libros, de vez en cuando.

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