Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


13.4.04  :: 02:49

Guardo envueltas en papelillos de colores, en mi alhajero de laca negra de Olinalá, hecho de madera olorosa de linaloe, algunas de las palabras que sé, que me gustan, pero que nunca, o casi nunca que es igual, pronunció.

Aquéllas con las nunca he sabido bien a bien qué hacer, las mantengo envueltas cuidadosamente - ¡son tan lindas! - en cuadritos de papel traslúcido. Otras, que de tanto usarlas se me han roto, las conservó en terciopelo rojo o negro o violeta. El color depende del matiz sentimental que para mí tengan. Están también las que no he de usar, supongo. A ésas las velo envueltas en papel de seda en colores tornasol que evoquen la irisación de las quimeras.

Ahí están muchas de las palabras que aprendí en la secundaria, sobre todo las que llegué a pillar de las clases de cocina. Palabras como embridar, desglasar, suflé, vol-au-vent o volován y tequezquite, junto con algunos términos que mi memoria no ha extraviado. No sé por qué, pero siempre me provoca una nostálgica sonrisa acordarme de los que tienen que ver con los batidos, porque no es verdad que me recuerden salir de la escuela luciendo un delantal sobre mis quince años o llevando conmigo algún platillo. Batir las yemas a punto de listón o batir las claras a punto de nieve o a punto de turrón, ¡uy, ésos cómo me gustaría tener un para qué usarlos! A veces hago trampa solo porque me gustan tanto y aunque no sea para lo que son, los uso, por ejemplo para decir de algún momento apasionado, que la cosa está ... a punto de turrón. ¡Se me antoja tan sugestivo!

Otro tanto lo conforma tanta palabreja asimilada durante los años universitarios, los vocablos aprendidos del alemán o en los libros de feng-shui o de las lecciones de guitarra. En fin, una verdadera morondanga.

De toda esta inutilidad, no pierdo la esperanza de devolver a su medio, que es el aire, a aquellas que tengo rotas y preservo en color rojo relicario. Afortunadamente no son tantas, pero sí las necesito de regreso para vivir emocionada. Yo creo que para restaurarlas bastaría con hallarles un buen morfema. Uno que les quede bien, que las renueve, que las traiga de nuevo a colación. Uno que aunque las accidente, no lastime, y que tenga aguante.

Quizás un día me decida a buscárselos. En tanto, es en todo caso un placer abrir mi alhajero y dejar que el mágico aroma de la madera que se parece al de los recuerdos, me envuelva mientras contemplo mi fútil tesoro.

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