Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


25.6.04  :: 20:01

Chilango power. Claro que ¡yes!

Dicen que las tres especies con mayor capacidad de adaptación son las cucarachas, las ratas y la raza ... sí, pero la chilanga! Miren, si no.

En primer lugar, el ombligo de la luna, o sea chilangolandia o el defe del peje, está a una gran altura, más de 2,000 metros sobre el nivel del mar. Son pocos los humanos que vivimos a tal altitud y solo los chilangos, en una gran ciudad. Mantenernos suficientemente oxigenados, a este nivel y con este smog, nos requiere un esfuerzo extraordinario. Cualquier visitante tarda hasta dos semanas, si puede, en generar la cantidad de glóbulos rojos que respirar aquí requiere, y lo hacemos sin te de coca.

En segundo lugar, el cuerpo del chilango es un verdadero muestrario de la más exótica fauna bacterial, así como de anticuerpos, cultivados todos a base de tacos de trompa y suadero con pápalo a la salida de los agujeros negros del metro intestinal de esta capital, donde se come por uno de los cuatro dólares que son el salario mínimo de la jornada laboral.

En tercer lugar, vivimos en un sitio amenazado de terremoto, tanto como Japón y San Francisco, ubicado sobre la mismísima falla de San Andrés, que no es sino una rajada de 1,300 kilometros de largo y no más de un metro de ancho, cuyo fondo es el corazón de lava y fuego de la tierra, y que es una de las líneas de choque entre las placas tectónicas que conforman a los continentes.

Desde el 85 vivimos con sismómetro integrado al estómago, que nos permite a cada sacudida medirle el agua a los camotes y saber si la intensidad es tal como para poner los pies en polvorosa o empezar a rezar alguna letanía. Y somos así, tan machotes, que en nuestro himno retamos a grito pelado a que en sus centros retiemble la tieeeeeerra, al sonoro rugir del cañón, bombombom.

Encima construimos una ciudad de pesadas edificaciones sobre lo que alguna vez fue un lago. Nuestro subsuelo es acuoso, nuestros edificios se hunden. Vivimos sobre un cenagal, una trampa de arenas movedizas cuando tiembla. Pero como somos raza, tenemos a los mejores arquitectos e ingenieros hidráulicos y hemos desarrollado técnicas extraordinarias para evitar que nuestros palafitos se derrumben, tanto que de eso sí tenemos patentes y hasta les hemos enseñado a los nipones.

Veinte millones de personas pueden ser la población total de un gran país, o solo el número de habitantes concentrados en una de las más pobladas ciudades del orbe. Una monstruosidad de concreto erigida sobre palillos chinos, donde son insuficientes la red de agua potable, el drenaje, el transporte, las vias de comunicación. Para llegar a cualquier lado, hay que viajar al menos una hora. Ha sido malísima la administración pública.

Y sin embargo, no nos vamos. La seguimos construyendo. Incapaces de hallar en otra ciudad de México la actividad y oportunidad que aquí encontramos.

Estamos locos, pero, no, no nos vamos.
Nos gusta nuestro manicomio,
aunque lo preferiríamos un poco más seguro.

Ser chilango es en el fondo, mantener a raya al desastre y en jaque a la cordura por tener la fe puesta en un boleto de lotería... que además no tiene fecha.

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