Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


15.7.04  :: 18:26

La historia de Francisco Aké cambia cada día, según los flatos con los que despierte la única persona que le recuerda.

Él fue un consentido de la dictadura de Porfirio Díaz allá en los principios del siglo XX, que perdió el último rescoldo de la fortuna que se había labrado cuando alguna horda revolucionaria le prendió fuego a sus terrenos sembrados de ocotes, pinos de los que se extraía aguarrás para alumbrar las casas y se cortaban varitas, que servían para encender en ese entonces el fuego en las cocinas.

Don Francisco fue un mestizo maya que dejó su natal Mérida a los trece años para venir a forjarse algún destino en la capital; a la misma edad y por las mismas razones por las que, años más tarde, el hombre que sería mi padre, también mestizo maya, abandonaría el puerto de Progreso.

Cómo alcanzó aquella posición o en qué precisamente consistía, nadie queda para saberlo, sólo se deduce de su edad, registrada en actas, que debió lograrla durante la última década del porfiriato. Él, que no era sino un joven curandero.

Para mi bisabuela, él fue el padre de los últimos cuatro de una decena de hijos, de la que sólo consiguieron dejar atrás la infancia, precisamente, cuatro, uno mayorcito y tres de los de Don Francisco, dos niños y una niña que se convertíría en mi abuela y en la única memoria que de él queda.

Francisco y Candelaria se conocieron en Orizaba. Ella trabajaba en una de sus fábricas, gustaba de ir a la ópera - porque Orizaba en ese entonces tenía ópera, era una ciudad comercial en auge - y era médium, aunque esto último sí que no era de su agrado.

El día en que el fuego consumió su resto, Don Francisco lleno de vergüenza fue a esconder a Chiapas sus miserias. Llevó consigo a su mujer y a sus tres hijos. Se fueron en tren, cuenta mi abuela. Consiguieron un sitio donde vivir en plena selva. Desde la poza del río en que se bañaban, se podían ver un poco más allá a los lagartos. Los niños jugaban con tarántulas. Allá, él hizo su choza, allá él construyó un horno de barro, allá tuvo una panadería. Hacía pan y hacía jabón. Pan y jabón que le compraban los lacandones.

Llegó el día en que se separó la pareja. Mi bisabuela regresó a Orizaba con los hijos. Él se fue a Hidalgo, donde tenía un hermano que era catador de pulques. Allá puso una tienda. Una tienda con barra ancha de madera y alambiques en la trastienda. Una tienda que hacía las veces de granero, de cantina y de farmacia naturista, a la que los campesinos acudían a pedir remedios al curandero.

En cuanto pudo, Francisco regresó por Carmela, mi abuela, para internarla en una escuela metodista en Puebla. Ni la médium ni el curandero maya eran lo que se podría llamar religiosos tradicionales, menos aún, católicos. Su única fe, fe que trascendió generaciones, fue en la buena educación y por eso desde entonces el afán familiar por los colegios privados y las becas. Mi abuela estaba entonces en el internado en la ciudad de Puebla, donde aprendía inglés, jugaba básquet, tocaba al piano los changuitos y la intentaban hacer olvidar los modales aprendidos en la selva. Un internado norteamericano y metodista para señoritas, filial del militarizado que operaba en el Colegio Madero, de donde provenían los muchachos que asistían a las kermeses.

La fortuna siempre tan voluble con Don Francisco, le hizo volver a perderlo todo y se acabaron para mi abuela los felices años en el internado.

Ella terminó de crecer jugando básquet en Orizaba y peleando con los chicos en el parque. Nunca aceptó ir a vivir con él o con las hermanas de él a Mérida, aunque le prometieran otra vida. Por su parte, él abrió otra tienda en el estado de México, luego en la sierra poblana, luego otra vez en Hidalgo. Abrió y cerró tiendas que eran cantinas y herbolarias en todos lados, nunca más en Orizaba, donde mi abuela se casó y tuvo a sus hijos sin él, aunque ocasionalmente se visitasen.

Don Francisco murió quemado una navidad en un baño de vapor, mientras mi hermano lloraba desde el vientre de mi madre. No tenía más familia.

Esto que cuento es quizás lo más cierto de esa vida. Al menos es lo que he escuchado durante años. Hoy día, al ritmo del alzheimer y de los caprichos de la edad, mi abuela de noventa y dos, cuenta la historia de su padre cada vez de un modo distinto. Prolonga los tiempos, acentúa los afectos e intensifica la ventura y la desdicha según su antojo emocional del día.

A mí me divierte mucho y me hace pensar que uno, ser vulgar, termina siendo con suerte una mera caricatura en la memoria de los pocos que llegan a conocernos, un personaje nada fidedigno cuyos actos y palabras recordados serán recreados, si no creados, a gusto de quien recuerda. Un personaje sobre el que proyectamos nuestro propio orden de ideas. Y no sé si pensar que todo recuerdo es falso, o que uno solo puede existir para sí mismo, pero lo que sí sé es que me espanta pensar, que lo único que guardaré de mi abuela no será su memoria, sino la cariciatura que yo ya he hecho de ella. ¡Qué poca abuela!


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