Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


12.9.04  :: 15:26

Hace unos días, Juan de Vuelapluma, lanzó una invitación a leer "Los Papalagi" y yo fui.

En este libro, publicado en la Alemania de 1920, Erich Scheurmann, su autor, expuso a modo de traducción de los discursos naif de un supuesto jefe de las islas polinesias de Samoa, su visión sarcástica de la civilización europea, a la que identificó como papalagi.

Aunque sólo ha sido recientemente que se ha establecido la verdadera paternidad de los discursos - peligro de la ficción -, no deja ser una mirada inteligente, aguda y válida hasta nuestros días de lo que es nuestra civilización, o lo occidental.

No se necesita ser samoano para ver que nuestra búsqueda, las más de las veces, no es sino un pasatiempo absurdo, sin mayor sentido que el de darle algún valor (de preferencia económico) a nuestra existencia.

De este libro, tomo el siguiente extracto del capítulo, Los Papalagi no tienen tiempo, para desearles un feliz domingo:

     « (...) Lamentos comunes a la gente blanca son: el tiempo se desvanece como el humo, el tiempo corre y dame sólo un poco más de tiempo.
     He dicho que probablemente es alguna clase de enfermedad; porque cuando el hombre blanco siente deseos de hacer algo, cuando por ejemplo su corazón desea ir caminando por el sol, navegar en un bote por el río o hacer el amor a su amiga, usualmente se priva de su propia dicha al ser incapaz de encontrarlo. Mencionará miles de cosas que se llevan su tiempo. (...) Y cuando, repentinamente, descubre que en verdad tiene tiempo o cuando otros se lo dan - los Papalagi se dan a menudo unos a otros tiempo y ningún regalo es más preciado que ése - entonces descubre que no sabe qué hacer durante ese tiempo en particular, o que está demasiado cansado de su trabajo, sin alegría. (...)
     Con toda su fuerza y todas sus ideas, los Papalagi intentan ensanchar el tiempo tanto como pueden. Usan agua y fuego, tormentas y relámpagos del firmamento, para refrenar el tiempo. Ponen ruedas de hierro bajo sus pies y dan alas a sus palabras, sólo para ganar tiempo. Y ¿para qué sirve todo ese trabajo y esos problemas? ¿Qué hacen los Papalagi con su tiempo? (...)
     Creo que el tiempo resbala de sus manos como una serpiente, deslizándose de una mano húmeda, sólo porque tratan siempre de agarrarse a él. No permiten que el tiempo venga a ellos, sino que lo persiguen con las manos extendidas. No se permite malgastar el tiempo tumbándose al sol. Siempre quieren mantenerlo en sus brazos, darle y dedicarle canciones e historias. Pero el tiempo es tranquilidad y paz amorosa, amar, descansar y tenderse en una estera imperturbable. Los Papalagi no han entendido al tiempo y, por consiguiente, lo han maltratado con sus bárbaras prácticas.
     ¡Oh, mis hermanos amados!, nosotros nunca nos hemos lamentado del tiempo, lo hemos amado como era, sin perseguirlo o cortarlo en rebanadas. Nunca nos da preocupación o pesadumbre. (...) Sabemos que alcanzaremos nuestras metas a tiempo y que el Gran Espíritu nos llamará cuando perciba que es nuestro plazo, incluso si no sabemos el número de lunas gastadas [se refiere a la edad]. Debemos liberar al engañado Papalagi de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, aplastémoslas y digámosles que hay más tiempo entre el amanecer y el ocaso del que un hombre ordinario puede gastar. »
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