Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


30.9.04  :: 01:27

Miro mi caja de mensajes entrantes y para animarme me digo que el mío es un gran e-epistolario. No cualquiera lleva hasta el extremo de clasificar toda su e-correspondencia, su vocación por guardar huella de los momentos.

Cuando compré las cuatro cajas en que guardé las cartas que desde adolescente conservo y los boletos de eventos y los recaditos dejados por la mañana, pensé que en poco tiempo quedarían atiborradas. Pero de eso hace ya mucho tiempo y sin embargo, siguen sobradas; aunque éstas no son más grandes que cajas de cereales y yo le he echado ganas.

En otra más pequeña y a mi alcance, guardo por comodidad, junto con las cuentas por pagar, lo que han sido estos últimos cuatro años. Adentro de la caja no hay ninguna carta, sólo algunas notas, algún adiós, un par de tarjetas que llegaron con flores y dos servilletas; una con el nombre de Kyotchi Tsuzuky y otra con los nombres en griego de todos los Aires. También guardo cuatro postales. Una recibida por año: Viena, Londres, alguna de un lugar en Noord Holland y otra de la playa de Llanes; y fuera de ella aguardan su turno para entrar en las cajas de cereales, dos sobres largos y esponjados en los que escribiste de tu puño y letra mi nombre, cuando me enviaste algún regalo.

Por supuesto que ahí no están, ni las fotografías ni el montón de papelitos con que suelo construir mis memorias de viajes. Esos aguardan su turno, uno o dos años más adelante, metidos todos revueltos en álbumes. Bueno, al menos eso fue antes; antes de que la cámara digital dejara huérfanos de un porqué a las cartucheras de cerillos y a los pases de abordaje en un montón inextricable.

Tan es así esta metamorfosis tecnológica que el otro día me di cuenta de que no tengo ya fotos que enseñar de mi pasado reciente si no son digitales. Para mostrarlas, debo sentar a los amigos alrededor de la pantalla de mi potro de tormentos. Que existe el papel, sí, pero vamos, es como con los niños, uno tomaba fotos y las revelaba con la ilusión de ver cómo habían salido. Ahora que uno lo sabe desde que las toma, a qué dedicarles más tiempo.

La grabadora de mi contestadora está a punto de fenecer constipada. Tiene espacio para sólo más o menos veinte recados y ya guarda dieciocho en su panza. Todas voces de amigos y amigas y de un poco más que amigos y menos de amigas, que por las circunstancias en que fueron grabados son imborrables. Incluso los que alguna vez tuvieron su sitio, pero los borré por error o por concurso, hasta ésos hacen eco en mi memoria cuando pienso cuánto quiero conservar esas voces; como la voz de mi querido Pedro, deseándome buen viaje. Lo malo es que como es digital, no puedo quedarme con el cassettito, pero ya hallaré el modo de conservarles. Un consejo que escuche algún día dice que, ahora que se puede, no dejes de grabar la risa de tus padres.

Sin embargo a pesar de lo insustancial de esta era y para beneplácito de mi gusto por coleccionar pistas que me conduzcan a la memoria, mi e-epistolario rebosa de ellas. Mi dirección electrónica tiene ya siete años, como siete tienen mis archivos, en los cuales conservo el hilo de muchas conversaciones, de muchas amistades, y de muchos desencantos.

El otro día poniendo un poco de orden, volví a mandar a la red varios mensajes que envié el año pasado. El accidente hasta eso, fue grato; pues aquellos a los que re-escribí involuntariamente lo mismo que en aquel entonces, respondieron de modos asombrosos. De entre los que hubiera dicho que les importo poco, hubo quienes recordaron mis palabras, hubo a quienes sólo se los pareció. Algunos íntimos ni siquiera se dieron cuenta y otros si se dieron cuenta fue porque les extrañaron las circunstancias a que el mensaje hacia referencia. No sé cuántos ni quiénes no contestaron. Me pregunto qué habría hecho yo. Lo mejor fue que gracias a este acaso, algunos de esos lazos que se fueron haciendo flojos, se reanudaron.

Pasa uno por tantas cosas por la vida con tanta gente y es tan poca la memoria que de esas cosas y de esa gente conservamos, digo yo, que buscamos la vida como si nunca la hubiésemos tenido y eso nos deja mal parados. Yo no soy ninguna amante del pasado, ni me gusta estar enferma de nostalgia. A mi me gustan mis memorias no para regresar a ellas, sino porque es del modo en que me explico yo. Yo, que en lugar de ponerme a poner orden entre los más de ochocientos mensajes que aguardan en el limbo del Inbox, me he puesto a escribir este post; resultante en parte de esa trama, cuya huella cabe en 10 megas, un chip y cuatro cajas de cereal.

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