Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


16.12.04  :: 22:18

Este día he dado, escrito, visto y escuchado tantas veces mi nombre, que al final me parece como si se me hubiera desgastado y no poco.

Comencé por dejarlo oculto, bajo garabatos, en recepciones y mesas de vigilancia; en libretas llenas de nombres que no sirven para nada.

Luego debí darlo de viva voz cuando atendí reuniones de trabajo, a las que llegué desarmada de tarjetas de opalina que me anunciaran. Últimamente las he venido dejando olvidadas en casa. Un descuido que quizás sea justificable, desde que tengo más interés en averiguar si la reunión tiene algún provecho mutuo, antes que en manifestar algo de mi parte.

Reconozco que es una descortesía no ahorrarles a mis interlocutores la pena de no recordar mi nombre después de presentarme; pero por otra parte, no lo necesitan a menos de que lo que haga o diga les interese, en cuyo caso nada se pierde con que se tomen el trabajo de anotarlo y en cambio, sí se salvan árboles. ¡Uno recibe tanto papel inútil!

Sin embargo, a pesar de que pueda darle algún tinte de ecológico, presentarme sin documentos parece poco serio y confunde. No importa que no me parezca relevante dar mi nombre, hay protocolos y hoy me arrepentí de no cargar con un mazo de tarjetas para repartirlas como cartas en el poker. Al final de la última reunión, repetí tantas veces mi nombre, que me empezó a sonar un tanto extraño. No sólo en mi voz, sino también en la voz de mis entrevistados.

Poco a poco, durante el resto del día, mi nombre se fue convirtiendo en un algo sobre el que giraron cantidad de cosas.

Hubo un momento en que, ante el funcionario de Hacienda, fui incapaz de reconocer que cuando él lo pronunciaba era de mí de quién estábamos hablando. Visto ahí enfrente, mi nombre parecía una ficha, un objeto, algo ajeno y sin embargo, mío que cada vez reconocía menos. ¿Cuál es tu nombre?, me preguntó con todos los papeles firmados por mí ahí encima, y se me ocurrió que podía señalarlo ése que está ahí recostadito de lado, cambiarlo por otro o hasta negarlo no lo he traído conmigo. De hecho no lo llevaba. Sin tarjetas y sin credencial del IFE que diera fe de mis señas, fue como si no lo llevara.

Eso me lo indicó la cajera del banco, y también la cajera del negocio a donde fui a realizar un pago. Afortunadamente alguien, que me conoce de vista, se arriesgó en el negocio a permitirme pagar y en el banco fui salvada porque logro hacer mi firma casi siempre igual, pero la supervisora dudó severamente de mi identidad.

Mi nombre. ¿Qué es mi nombre?
Una etiqueta que le cuelga a uno.
Una credencial usurpadora a la que le conceden mis derechos.
Un hijo tonto al que hay que andar cuidando.
Una máscara.
Una sombrilla bajo la que me amparo.
Un dato. (Tenía una amiga cuyo perro se llamaba Dato)

Una fórmula que han inventado para que el otro pueda señalarme.


Dicen los místicos que todo lo nombrable tiene tres nombres:
uno gentil, uno místico y uno secreto.
Que el nombre gentil es el usado para designarle;
que con el místico, el ser vibra;
y con el secreto se le domina,
de ahí que los que hacen cábala, buscan el nombre de dios, dicen que de 72 letras.

Yo he recibido muchos nombres gentiles, creo.
Uno por cada persona que me conoce.

Mi vecina de abajo, cuando quiere hablar de mí lo hace diciendo, "la vecina de arriba". La gente que conocí el otro día, se referirá a mí con el mote de, "la amiga de nuestra amiga". El hombre a quien hoy entrevisté, cuando deba mencionarme, me inventará otro, porque no creo que para nombrame vaya a consultar sus notas.

También podría suponer que los tengo místicos.
Pasa alguna cosa en mí cuando eres tú quien me nombra
(una descarga eléctrica que siento correr desde la nuca hasta el dedo chiquito de mi pie izquierdo).

El secreto no te lo digo, porque sólo los dioses lo conocen,
y aunque lo conociera, ¿para qué me quieres hecha un Golem?

Pero, por favor, anda,
nómbrame ahora,
ahora que sentir tan ajeno mi nombre,
tan usado,
me provoca esta inaplazable melancolía de mí misma.

Pronuncia con tu voz el nombre
que haga que me reconozca en él de nuevo.

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