Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


16.2.05  :: 12:19

Tlacotalpan III


Mi Abuela en Traje de Novia, del autor tlacotalpeño Alberto Fuster

Hay lugares de la tierra que a uno se le van convirtiendo en míticos. Tierras de las que uno poco a poco va sabiendo a partir de relatos, descripciones, anécdotas y hasta ficciones y leyendas - recogidas unas voluntariamente, otras por coincidencia, unas de viva voz, otras de las letras; tierras que se van perfilando en las fronteras de nuestro imaginario a cada nuevo saber de ellas; tierras que capturan nuestra atención y que luego, cada vez que son mencionadas es como si nos aludieran; tierras que emergen en el universo de nuestras fantasías; tierras cuya noción resuena con eso ignoto que uno lleva dentro.

Así fue como Tlacotalpan me llevo hacia ella.

Para hacerlo, me prometió su belleza y me prometió sus fandangos.
Me prometió la hermosura de sus calles, plazas y casas - pueblo por donde el tiempo anda de puntitas para no despertar a nadie cuando pasa -, un cielo azul cielo, el reflejo fulgente del sol sobre su río inmenso y el murmullo del aire cuando atraviesa las palmas.
Me prometió alboradas festejadas por orquestas de pájaros y tardes de aguardiente y viento cálido; y noches atiborradas de estrellas, plenas de sones de la tierra y de espíritu de muchachos; de andar libre hasta el amanecer por sus calles y plazuelas escuchando el taconeo del zapateado.

Todo fue cumplimentado.

Todo eso me fue dado y aún más. Ahí he hecho mías, la certeza de que para subir al cielo se necesita nada más que dejarse arrebatar por el son que tocan en torno más de veinte jaranas y alguna leona que, sin que medie ensayo, suenan como una sola; la memoria de un beso dado al abrigo de sus portales de medio punto, y la calidez de una mano de hombre que sostiene la mía, en la iglesia a la madrugada; la aventura de perseguir junto a tres camarógrafos la mejor toma de su virgen paseando en lancha y el jolgorio de acampar como gitanos todos los amigos y amigas en el cuarto rentado a una casa, porque escasea la posada y además dormir no es sensato; la visión de una morena que zapatea enfundada en su falda azul celeste a la cadera y blusa verde loro, y la de la doña que baila celosamente con ella, también engalanada para esta fiesta genuinamente suya. También me he traído el anhelo de aprender a zapatear para subir a la tarima la madrugada de alguna otra noche de fandango.

Pero Tlacotalpan es para mí aún mucho más que el frenesí y la gallardía de los jaraneros durante su encuentro.

Es un poblado mágicamente hermoso, tanto que sobre sus casas pesan reglas de ésas que pretenden impedir los avatares del tiempo.

Pero lo que más me atrae de ella, cuando no son días de fiesta, es su silencio. Es como un inmenso monasterio con sus plazas asoleadas rodeadas de arcadas multicolores bajo un cielo azul perfecto.

Me ha gustado caminar al medio día sus calles abandonadas, gozando del fresco que ofrecen los largos corredores que forman los pórticos de sus casas, y dejar resbalar la mirada por los balcones abiertos que le entregan a uno la visión de las estancias de hogares que parecen de antaño, con sus mecedoras y sillas de bejuco, sus fotografías de ancestros, y porcelanas y objetos varios de una época en la que el puerto estaba en apogeo. En algunas casas hacen dulces de mazapán típicos. Es un placer entrar en ellas so pretexto y atisbar los patios interiores donde abundan los helechos.

Además de belleza y fandango, además de paz y silencio, una cosa más he recibido de Tlacotalpan: un contexto, desde el cual sopesar quién soy y qué siento. Por eso no me extraña que un bohemio como Agustín Lara la hubiera escogido por cuna.

Cuando uno tiene el alma bulliciosa y bailadora y no comprende porqué el presente no es perpetuo y tiene la sonrisa fácil que le regala cierto desparpajo y la convicción de que la alegría es vida, y encuentra ésta por todos lados y aún más vibrante en el silencio, cuando en la cabeza le dan vuelta versos, es porque se tiene jarocha el alma.


Tlacotalpan IV

Tlacotalpan, la "tierra entre aguas", fue aún en tiempos de la colonia una isla fluvial a la vera del río de las mariposas, el Papaloapan, que con uno de sus brazos, El Chiquito, la rodeaba. Luego éste se secó y la isla quedó unida a tierra firme, pero siempre sometida a las calamidades y fortuna que el río, su caudal y tanta lluvia le deparan. Su clima es casi siempre cálido y soleado, menos cuando entran los nortes, masas de aire polar que lo alteran entre húmedo y fresco hasta vientos torrenciales y aguaceros.

En el siglo XVI la isla recibió de parte de los colonizadores el nombre de La Candelaria. Aún hoy bajo ese nombre se la conoce a su patrona, la Virgen, a quien le fueron reservados los honores que antes los indígenas dieron a una deidad femenina cuyo nombre se desconoce, como es pasearla por el río para pedir el favor de una buena pesca y que evite las inundaciones.

El poblado ribereño fue primero sometido por los aztecas, a quienes se les tributó con exoticidades del entorno: manojos de plumas de papagayo, cántaros de liquidámbar, cacao, cueros de tigre, dientes de lagarto y piedras preciosas. Luego se convirtió en un pueblo de indios, cuando a su alrededor se establecieron las encomiendas; y en uno de los más importantes puertos coloniales cuando éstas se convirtieron en las productivas haciendas de las Llanuras de Sotavento. Hoy su rostro es el de una hermosa señorita avejentada cuya juventud transcurrió durante el porfiriato.

Cuando Porfirio Díaz asumió el poder - gracias al Plan de Tuxtepec que fraguó estando avecinado en Tlacotalpan -, elevó al pueblo a la categoría de ciudad y la remodeló. Fraccionó las antiguas haciendas rayanas y, para que la ciudad fuera el lugar de residencia de los nuevos colonos, proyectó sobre la estructura colonial que tenía la ciudad de indios - destruida en múltiples ocasiones por el fuego - el casco urbano que aún hoy se preserva. De ese entonces datan los primeros portales y el trazó de sus anchas calles, algunas de las cuales, aún están cubiertas de pasto. Y es que la ciudad es pequeña, tanto que se la puede cruzar caminando y por eso no tiene tráfico de autos, excepto en la ribera.

Las casas son de una sola planta, la mayoría de ellas porticadas, con pisos de marsellesa, balcones enrejados y elevados techos de dos aguas cubiertos con rojas tejas; pintadas sus fachadas con estallidos de alegría de colores azul, verde, crema, rosa, amarillo, que compiten con la exuberante naturaleza que les rodea.

El puerto ribereño perdió importancia cuando el Ferrocarril del Istmo, promovido por el mismo Don Porfirio, proporcionó un modo de transporte más eficiente para las mercancías, y luego las industrias lo abandonaron después de la última gran inundación que sufriera Tlacotalpan por allá de 1960. Hoy el único bullicio es el de los pescadores en el muelle, que muy de mañana ofrecen lo que durante la madrugada el generoso río les proporcionó de pesca; y el de los parroquianos ya en la tarde que se congregan en el malecón a tomar cerveza y comer mariscos.

La calma se rompe cuando hay fiesta. Entonces la ciudad despierta de su plácido sueño tropical para desbordarse.

La más importante es la de La Candelaria, durante la cual se lleva a cabo simultáneamente el Encuentro de Decimistas y Jaraneros, al que se dan cita todos los que por tradición o por afición gustan de la métrica y del son jarocho, oriundos y fuereños. Entonces, con euforia colectiva, durante tres días, las plazas se llenan de música y poesía, la ribera de puestos de feria, las aguas del río de barcas y cayucos, las iglesias de creyentes, las calles de vecinos y paisanos de pueblos y ranchos aledaños; y las cantinas se atiborran de borrachos que aturden a gritos, excitados por el ron y por una música insulsa y estruendosa tras haber hostigado hasta la muerte a toros mansos.

Quizás hacer cruzar el río a seis toros, no de lidia, tuvo sentido cuando eran vaqueros los que se así se unían al festejo de la Virgen protectora de los pescadores; pero de seguro no llegaban ni a mil, ni vestían camisetas rojas ni los lazaban para pegarles o para punzarles como lo hacen ahora.

Una de esas mañanas abandoné el fandango y me fui al mercado a desayunar unas ricas picadas. Mientras esperaba, a mi mesa se sentaron cuatro damas vecinas de la ribera a las que pregunté cómo en sus años mozos habían vivido la fiesta. Me hablaron de jaranas y de tarima, no sólo ahí sino en sus pueblos y fiestas de familia. Un par de ellas con satisfacción recordó haber marchado primorosamente vestidas de jarochas en La Cabalgata con que dan inicio los festejos (algún problema tenían para recordar en qué años, sólo calculaban más de veinte). Otra de ellas habló de haber cabalgado entre los toros llevados a la fiesta. Era hija de un veterinario acostumbrada a participar de las faenas de la crianza, no vaquera de fin de semana y sí, también estaba escandalizada por lo que ahora este asunto de los toros era.

Algún pelo debía de tener la sopa.

La otra fiesta es en diciembre, cuando yendo "De Parranda", se canta de casa en casa "La Rama". Versos, algunos improvisados, que anuncian el nacimiento de Jesús y que cuando son bien recibidos, se festejan fandangueando.


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