Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


2.3.05  :: 01:57

Salí puntual a las cinco treinta de la tarde de mi claustro actual, en el sur de la ciudad, para llegar a la cita planeada por una vez a tiempo. Transité rápida por Periférico en dirección norte, antes de que lo inundaran los tropeles de autos de los que a las seis se lanzan, todos al mismo tiempo, a atravesar la ciudad para regresar a sus hogares. Unos minutos después, tomé el distribuidor vial San Antonio que lo lleva a uno por lo alto hasta depositarlo en Río Becerra. Conduje por él aún a velocidad constante. Desde su altura, o segundo piso como se le dice, la ciudad la pude divisar toda perfectamente. El cielo era azul y el aire estaba inusitadamente diáfano, tanto que alcancé a ver con claridad hasta los montes que circundan el valle. Apenas unos metros después de haber descendido de este tramo, me confundí entre la marea de vehículos que pugnan, unos por incorporarse a Viaducto y otros - como yo - por desviarse hacia Xola, en el empalme de las dos vías. Uno nunca entiende bien cómo va a lograr enfilarse entre el tumulto de trayectorias cuasi paralelas que ahí confluyen, pero lo hace, centímetro a centímetro, por arte de la paxciencia. Dos calles adelante, doblé a la izquierda para continuar mi camino ahora sobre Insurgentes. Aún no eran las seis y transitar a buena velocidad seguía siendo posible. Me dio pena ver cómo el anunciado Metrobus va ocupando poco a poco el lugar del angosto camellón arbolado que desde hace varios años embellecía y separaba el tránsito vehicular de ésta, la más larga avenida de la ciudad de México que se perfila ya otra, bastante menos graciosa, donde los árboles han sido talados.

A la altura de la colonia Juárez, el tráfico se hizo definitivamente denso. Estaba a unas cuantas calles de mi destino y aún había tiempo, así que mientras esperaba mi turno para avanzar, me dediqué a observar los edificios y casas de la zona. Unos hermosamente viejos, otros cajas de vidrio y concreto. Sobre una de éstas, un airado gigante de hojalata que guarda la entrada a un Olimpo de utilería, parece protestar amordazado con un enorme sello en el que se lee "clausurado", por haber quedado en el desempleo. A su alrededor todo son fondas, papelerías y vitrinas en las que se exhiben muebles para oficinas. Oficinas como las de pisos arriba, las que hay detrás de cada ventana cubierta con persianas o cortinas percudidas por el smog y la desidia; las celdas de tantos y tantos que comen en las fondas, compran en las papelerías y ahora, colman ... o colmamos la calle. El engranaje humano que da su movimiento sinfín a esta urbe.

Cerca de donde supuse que quedaría el edificio buscado, estacioné el auto. Caminé, pero pronto me di cuenta de que había supuesto mal. Llamé. Me indicaron entre qué calles. Eran dos para las seis. La dirección correspondía a Insurgentes Norte y no a Insurgentes Centro. Caminando haría por lo menos veinte minutos; en auto, ya con tráfico, más. Volví a llamar. Que sí, que me esperaban. No caminé, a mis zapatos les salieron alas. Seis quince en su recepción firmé. Respiré hondo, intenté aquietarme. Saludé, entregué todo y así como llegué me fui.

Pasaditas las seis treinta estaba de nuevo al volante. Tomé Reforma. La visibilidad era aún impresionante. Desde mi auto vi en fila, adornando la larga avenida, a Cuaúhtemoc, la palmera y El Ángel, recortados sobre el cielo todavía azul. Una vista de la que no logró apartarme ni la cagada de paloma sobre el parabrisas que hasta entonces descubrí, ni el payaso punk que me pidió cooperación. Un Turibus con su cargamento de turistas chinos pasó en el otro sentido. Frente a mí, sobre el paso de cebra, toreaban los autos los turistas gringos, imperdibles en sus shorts. Entonces por un instante, sólo por uno, sentí el placer que, supongo, siente un ladrón cuando la caja hace clic, al descubrir su combinación.

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