Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


21.4.05  :: 03:47

De niña me intrigaba la naturaleza del fuego, ¿qué cosa era? Pasaba horas observándolo como hipnotizada. Intenté tocarlo, pero quemaba siempre. Deseé apresarlo, pero no hacía más que sofocarlo. Lo más que logré fue aprender a pasar mi dedo rápidamente por la flama de una vela.

Con el aire no tuve tantos problemas. De él me dijeron que era un océano en el que la Madre Tierra nos tiene sumergidos de cabeza, que los aviones son como los submarinos, y los pájaros como los peces y las alas igual que aletas. Pero para el fuego, no hubo analogía alguna ni lejanamente así de afortunada.

¿Qué es?, preguntaba, y mi madre respondía, es lo que se ve cuando algo se quema. Pero, ¿qué es lo que se ve?, inquiría, y así fue como muy niña me mandaron a la escuela.

Yo creía que el fuego era uno de los espíritus de este mundo, como los duendes o las hadas. Uno danzante, ardiente, luminoso y efímero, cuyo cuerpo eran las flamas; que crecían si se les alimentaba y que se les alimentaba con los colores y las texturas de las cosas que tras alimentarle quedaban chamuscadas. Así fue como, probándolo, mi casa de muñecas se convirtió en llamas.

También, según yo, existía el fuego líquido que, según mis deducciones, provenía de los tanques de gas y no era ni tan inquieto ni tan mágico como el fuego fuego. Fuego líquido como el hielo seco que para hacer niebla en algún festival llevaron a la escuela. ¡Ah, qué gran descubrimiento fue aquello del hielo seco! Pero el hielo seco sí era frío y el tanque de gas no estaba caliente. ¡Ah, cuántas veces toqué un tanque con la esperanza de encontrarlo ardiente!

¿Qué cosa es el fuego?, pregunté en la escuela y primero el fuego fue el fuego y luego un amasijo de conceptos que en ese entonces apenas aprendía: combustión, oxidación, efecto. Todo lo escuchaba, entendía a medias y nada comprendía. Así que insistí. Insistí durante años. Mi pregunta siempre la creí sencilla, una respuesta sencilla era la que yo esperaba.

Que no es "cosa", replicó crispado el profesor de química ya en la secundaria, tras explicarme el proceso de la combustión por tercera vez el mismo día. Pero, ¡si puedo verlo! Y si puedo verlo, debe ser "algo palpable" aunque no sea con mis manos. Mis compañeras de clases parecían más entendidas. El fuego es el fuego, me aclaraban entre bullas y risotadas, aburridas igual que yo de tanta necedad y de tanta perorata. Fue así como, por reacia, inicié mi larga historia de citas después de clases con profesores casi siempre genuinamente exasperados.

Paradójicamente fue El Diablo, quien en una cita de ésas me iluminó. Por alguno de esos extravíos académicos entre planes de estudio en la universidad, reprobé una materia que aún no debía cursar; por lo que El Diablo - como apodaban al que era jefe de mi profesor -, decidió explicarme de una manera más poética de qué ondas hablaba la para mí incomprensible teoría electromagnética de Maxwell. Así que una espléndida mañana en su jardín, me preguntó si realmente yo creía que el cielo era azul y el sol dorado. Entonces sí que se me reveló, primero, por qué son los atardeceres irrepetibles y tan bellos, y finalmente, qué era la visión del fuego.

Aprendí que todo es "efecto". Que nada es en sí ni sólido ni verde. Que la piel no limita al cuerpo lisamente, sino que es todo un paisaje con su atmósfera. Que no hay un solo centímetro cúbico que esté vacío. Que no escuchar no significa que no haya ruido. Que no ver no significa que no hay luz. Que este universo no es más que una organización, como pudo haber sido otra, de un sinfín de partículas, como cuando en un desfile un conjunto de niños forma un círculo o una cruz. Todo es efecto, polvo y energía organizados de una manera cualquiera pero maravillosa, nada más.

Pero antes de aprender teorías - química, física y electromagnética, que se prueban cada vez que a mi abuela le sacan un estudio en medicina nuclear -, mi visión era la de una niña. Me recuerdo intentando verle al sol las largas flamas con las que se le pinta.

El fuego era esa forma de querer aprehenderlo todo. Un espíritu siempre hambriento. Un acróbata caprichoso que no hace otra cosa que expandirse. Una cortina que hace ver el otro lado vibrante.

Cuando la vida empieza, empieza así, ciega, ansiosa, desnuda, expansiva. Lo reclama todo. Lo quiere todo, agarrarlo todo y metérselo por la boca o la nariz. No tiene vergüenza de preguntar, no sabe qué es convenir. Es impulso puro que, por suerte y a pesar del humo, sigue latente ahí, quemándonos invisible, haciéndonos su combustible, consumiéndonos y transformándonos. Quemarse es vivir.

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