Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


8.4.05  :: 11:21

Hablando de bastones y serpientes, una de esas noches en que ni llueve ni deja de llover, Alexis se encaminaba hacia la parada del microbus.

Todo era negro. Negro estaba el cielo, negros los nubarrones, negro es Alexis, negro su pelo, negra su larga gabardina, negros los zapatos y los pantalones, y negro el paraguas que llevaba con él. Tan de negro vestido y tan alto, se me figura Alexis un neo Neo negro y afelpado - de pelo corto y rizado - que - ¡por suerte! - no usa lentes para sol cuando no hay sol, porque si algo es luz, son sus enormes ojos. Negros también.

Caminaba, pues, Alexis, de prisa aunque sin correr, pero no por temor a la lluvia ni a perder el microbus.

Él es músico y su vida es de farándula y de rumba, y noche a noche deambula entre uno y otro centro nocturno. Eso ya lo hacía aún desde antes de llegar a esta nuestra ciudad, la capital de los Imecas. Pero en cuanto llegó aquí, hará cosa de cinco años, naturales y postizos de estos rumbos se encargaron largamente de advertirle cuánto peligro e inseguridad podría encontrar en su recorrido nocturno. Tal fue la insistencia, que perdió Alexis la naturalidad con la que solía caminar por las calles y noches de La Habana - hasta entonces y por oposición, supo que se llamaba "confianza" - y aprendió a observar las sombras, a adivinar las intenciones y a pasar rapidito por lo oscuro (creo que en el fondo, estas advertencias son el pretexto ideal para que los chilangos alardeemos de lo valientes que somos al habitar nuestra urbe).

Caminaba Alexis, pues, de prisa una de esas noches en que parece llover - una cuadra adelante tomaría el microbus -, cuando de pronto vio venir de frente a dos jóvenes que, al momento de cruzarse con él, le negaron la mirada. Mala señal negarse al escrutinio del alma. Apenas un segundo después, el tercer ojo que todos traemos en la espalda, le hizo sentir a Alexis que los muchachos se habían girado y venían en pos suya. El pulso se le aceleró y lo inundó la adrenalina. Se abrió la gabardina y recordando sus clases de esgrima, giró y se les enfrentó empuñando en su contra la sombrilla, cual si de un florete se tratara.

Los chicos que, en efecto, estaban justo detrás de él, levantaron ambos las manos inmediatamente. Uno de ellos balbuceó algo y mientras mantenía una mano arriba, con la otra se sacó la cartera que aventó a los pies del caballero de la espada negra.

Poco a poco, la realidad se fue develando. Alexis se vio a sí mismo, pero tanta adrenalina no le permitió bajar la guardia sino muy lentamente. Los dos chicos también eran extranjeros. Un par de adolescentes españoles que todo lo que deseaban era preguntarle dónde quedaba la parada, que si bien sabían que era peligroso caminar por la ciudad de noche, no entendían lo provocador que es colocársele por detrás a alguien. El que la había soltado, recuperó su cartera; y caminaron juntos los tres hasta la parada. Ahí esperaron sin cruzar palabra. Cuando arribó, subieron al microbus, pero tanta adrenalina seguía llenando sus miradas de recelo y desconfianza.

Finalmente Alexis bajó donde debía. Respiró profundamente en cuanto se sintió de nuevo solo. Se rió hasta llorar de tanto mito, se carcajeó de su florín-paraguas y luego caminó por las calles de la Roma como si caminara por las calles de su ahora tan lejano Manzanillo, allá cerca de Santiago de Cuba.

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