Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


6.5.05  :: 16:07

Cinco es el sagrado número del centro,
el que representa al corazón,
el que conecta cielo y tierra,
                               arriba y abajo,
                               a uno y a otro lado.
el lugar del encuentro de los principios opuestos.

                               Cuatro son los lados de la base de la pirámide,
                               todos conducen a uno quinto, a la cúspide.

Cinco han sido los soles.
Cinco las edades presididas por ellos.
Los cuatro primeros culminaron en hecatombes.
A nosotros nos alumbra aún el quinto sol.

Cada sol ha sido un intento de los dioses por hacer cada vez mejor al hombre. Por eso lo que cada sol ha iluminado ha sido y será destruido, para que cada creación se manifieste bajo su propio sol.

Creación y destrucción son los dos momentos de la espiral evolutiva. Así lo manifiesta la Piedra de los Soles, mejor conocida como Calendario Azteca.

Biblia de venticinco toneladas de piedra que marca a la perfección los calendarios solar, lunar y venusino de esta edad, así como la cosmogonía de este pueblo; la cual se lee, en círculos concéntricos, en espiral, del centro hacia la periferia.

En su centro está representado el quinto sol, nuestro sol,
         nuestro Tonatiuh.
A su alrededor, en aspa, aparecen los cuatro soles que le antecedieron.
Cada uno de ellos fue un dios que subió al cielo para servir de luz.
Cada uno de ellos corresponde a un elemento:
         tierra, aire, fuego y agua.
El elemento que caracterizó la era y la destruyó.
El quinto sol, el nuestro, es el sol del movimiento.
         El Olintonatiuh

El primer sol fue Ocelotonatiuh, el sol felino.
Se dice que en esta era poblaron la tierra los gigantes,
pero eran torpes y se rompían por estar hechos de barro.
Entre ellos se saludaban, "No se caiga usted".
Estos hombres acabaron siendo devorados por los jaguares.

El segundo sol fue Ehecatonatiuh, el sol de viento.
Los dioses hicieron esta vez a los hombres de maíz,
y les quedaron tan bien, que no hacían otra cosa que mirarse en el espejo.
Así que para destruirles soplaron terribles vendavales.
Los pocos hombres que se salvaron, lo hicieron convertidos en monos.

El tercer sol fue Quiahutonatiuh, el sol de lluvia de fuego.
Al hombre hecho nuevamente de maíz, los dioses le pusieron corazón, pero éste era enorme y apenas si le cabía en el pecho. Y aunque eran hombres muy buenos, hablaban demasiado. Así que fueron convertidos en pájaros para evitarles morir quemados entre erupciones y lluvias de fuego que así fue como terminó este sol.

El cuarto sol fue Atltonatiuh, el sol de agua.
Este sol terminó en diluvio, pues los dioses habían convencido a Chalchitlicue, la diosa de aguas serenas, de subir al cielo y ser sol; pero los hombres que crearon eran muy pequeños y se les escapaban de las manos y no hacía más que correr. Así que la diosa se enojó con ellos y para ahogarlos, estalló. Algunos de aquellos hombres sobrevivieron como peces.

Los dioses, tras el fracaso del cuarto sol, decepcionados, abandonaron todo intento de crear a quienes habitaran la tierra.

Pero el dios Quetzalcóatl, convencido, consiguió los huesos con que los dioses creaban a los hombres y que los dioses ya habían escondido y los llevó a la diosa Cihuacóatl - Quilaztli para que los moliera y sobre su polvo, reunido en una vasija preciosa,
hizo el dios sangrar su miembro.

Así fue como los antiguos mexicanos nacieron,
         de la sangre vertida por el dios sobre polvo de huesos.

Y para ellos era necesario un sol, uno nuevo, uno suyo.

Así que en completa oscuridad, los dioses todos se reunieron en Teotihuacan para decidir cuál de ellos habría de convertirse en sol
y amanecer sobre estos nuevos hombres.

Uno de los más hermosos decidió ofrecerse como voluntario,
el bello, arrogante y rico dios Tecuciztécatl.
Pero se necesitaban dos.
El otro voluntario - a solicitud de los demás dioses -,
fue el viejo, feo, deforme y enfermizo dios Nanahuatzin.

Mientras ambos hacían penitencia, los demás dioses encendieron la sagrada hoguera. El dios que se arrojara a ella, renacería convertido en astro.

El privilegio de sacrificarse fue del dios bello,
pero ante el fuego retrocedió atemorizado.
Dudó. Dudó cuatro veces.
Temió morir abrasado.

Al observar su titubeo, Nanahuatzin avanzó decidido
y sin vacilación alguna se arrojó a las llamas.

El hermoso, avergonzado, se arrojó tras él.

En el horizonte el dios viejo hizo estallar el cielo
con una mañana nueva, ya convertido en luminaria.

Su rostro arrugado y sus cabellos rubios
quedaron grabados en el centro del calendario azteca.

El otro dios, el bello, apareció en el firmamento como un segundo sol.

Al verle, alguno de los dioses ofendido por su cobardía, le aventó a la cara un conejo y le hizo perder brillo. Quedó entonces convertido en luna, arrojado de los dominios del día.

Pero el nuevo sol no se movía.

El dios viejo había agotado todas sus fuerzas en el sacrificio.
Así que todos los demás dioses, para ayudarlo a avanzar,
regaron con su sangre el fuego sagrado.

Entonces pudo el sol volar como un águila.

Había nacido Olintonatiuh,
el sol movimiento,
cuya era habrá de terminar entre terremotos y fuerzas
que hacen un ruido superior al trueno.

Para mantener al cosmos en movimiento,
los herederos del sacrificio de los dioses,
el pueblo del sol, ofrecía su propia sangre ... y corazones.

Si el sol estaba débil y el universo peligraba,
el corazón palpitante
         del mejor hombre,
         de la mujer más bella,
         del guerrero más valiente,
         de la doncella más virtuosa,
era ofrecido para alimentarle
y la vida renacía.

Algún fin de siglo, cosa que ocurre cada 52 años,
nuestro sol no saldrá más.
Así está escrito.

Cada fin de siglo los aztecas lo vivieron como algo terrible.
El pueblo entero caminaba hacia el oriente.
Sobre el Cerro de la Estrella
encendían un gran hoguera para atraer al sol
y en silencio esperaban
el cataclismo al que la especie humana no sobreviviría:
el día en que el sol no saldría más.
Temerosos, aguardaban las señales de los luceros.

Pero cada vez volvió a salir
inundando con su luz los cuatro puntos cardinales.

Y los sacerdotes,
tras un ritual en el que alimentaban al dios sol con corazones,
encendían el fuego que el pueblo
llevaba a sus templos y a sus hogares,
dando así principio a las festividades del Fuego Nuevo.

Hoy no se celebran más aquellos ritos.
Los tres calendarios sagrados, el venusino, el lunar y el solar
coincidieron justo a la llegada de Cortés.

Pero, ¿quién dice que el sol ya no se alimenta de corazones?
Quién quita y cada vez que uno se arranca
del pecho el corazón palpitante,
está haciendo lo suyo para que el sol siga adelante...

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