Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


12.9.05  :: 14:51

¡Se portó mal, ora sí, La Catrina! Inició sus festejos antes de tiempo. Traía ganas de jazz. Un nombre sin duda desafortunado, al menos desde nuestro imaginario, para un huracán.


Katrine. Foto de la NASA

La mayor parte de las víctimas, los pobres; la mayoría, afroamericanos, pero también muchos hispanos (1, 2, 3) con recursos insuficientes para haberser movilizado por sí mismos.

Pena por los muertos, por los que tienen desaparecidos; pena por aquellos cuyos esfuerzos se los llevó el viento o destruyó el agua; pena por los que se van y pena por los que no tienen a dónde ir.

Pena por el agua estancada entre los diques de Louisiana; pena porque pica de tan contaminada, no tanto por los cadáveres como por los químicos tóxicos vértidos en ella del llamado Cancer Alley (callejón del cáncer), el corredor industrial del Bajo Mississippi donde se concentran más de cien empresas contaminantes que fabrican fertilizantes, plásticos, combustibles; pena porque contaminarán río adentro y las aguas del Golfo de México.

Pena porque es allá a donde va a dar nuestro petróleo, pena porque es de allá de donde proceden nuestras gasolinas; pena por su futura carestía.


Se calcula que son dos los millones de galones de petróleo derramados.
Plaquemines Parish, septiembre 10. Foto de Shane Bevel

Pena por la ciudad y pena por la alegría. Pena por lo que durante tantos años se conservó. Pena por su ambiente, por su contraste único; pena por su algarabía y por su decadencia. Pena porque habrá mucha belleza que acabó ahí.


Yo conocí Nueva Orleans.

Aquella noche llovía y soplaba un viento muy frío. Pero el frío se había apoderado de nosotros desde días antes. Habías decidido que nos separáramos y sin embargo ahí estábamos, juntos pero alejados, caminando por el viejo French Quarter.

Fui yo quien propuso y dispuso el viaje: una hoja en blanco del libro de mi vida para inscribir en él un pasaje más de lo que contigo me acontecía. Pero lo que me aconteció poco tuvo de lo que contigo yo tenía en mente.

Salimos de México al medio día. Teníamos poco más de una semana y casi tres mil kilómetros por delante. No habíamos recorrido ni quinientos cuando tuviste el buen gusto de cortarme. Pude parar. Pude bajarte del auto. Pude bajarlos a todos; pero ni se me ocurrió. Habíamos planeado conducir hasta Nueva Orleáns; yo no iba a desertar y tampoco lo hiciste tú.

Y seguimos. Cruzamos el norte desértico de México hasta alcanzar la frontera. Nunca antes me pareció tan desierto ese tramo como con nuestra sequía de cariños a cuestas; nunca tan largo ni tan solitario como en compañía de los dos amigos que nada entendían; nunca tan encendido el atardecer sobre él ni tan negras sus sombras, como en el silencio que entre tú y yo guardábamos.

Y así llegamos a Texas. En silencio. Y en silencio visitamos el Zoo, el Astrodome y la NASA; y en silencio cada noche buscamos el hotel más barato para dormir tú y ellos; yo para, sin ti, intentarlo.

Según nos adentramos en el siguiente Estado fueron quedando atrás el concreto, las bombas de petróleo y los enormes sembradíos. La vegetación del bayou emergió de entre los canales y diques construidos a fin de ponerle orden a la pantanosa naturaleza de la costa de Luisiana, naturaleza que, por lo demás, formaba una barrera natural contra las tormentosas oleadas.

Pasando Baton Rouge hicimos tierra para visitar un criadero de cocodrilos. Fue hasta entonces que sentí como mi corazón se desdoblaba de emoción presintiendo lo inesperado, lo desconocido.

El aire se hacía cada vez más diáfano conforme nos acercábamos a nuestro destino, a pesar de que los nubarrones avisaban que nuestro mal tiempo cubriría toda la ciudad.

A lo mejor en estos días en que ha estado presente en todos los medios el nombre de Nueva Orleáns, mi nombre habrá salido de tu olvido para hacerse presente entre los recuerdos que de aquella ciudad puedas guardar. Eso me pasó a mí. Aunque es tan ingrato el tiempo... y ahora que recuerdo, ¿recuerdas que en el Pat O'Briens celebramos nuestro arribo con una bebida llamada Hurricane?

No hay corazón que no se expanda ante la belleza, la música, la bebida y la buena comida; y todo eso abundaba en la ciudad. Por economía habíamos calculado comer sólo Mc'Donalds de 99 centavos hasta llegar allá, así que estómago me sobraba para comer Cajún y cenar Creole sin parar. Ninguna jambalaya o gumbo fue igual y ninguno mejor; y nada me pudo hacer perder la más simple ocasión para beber un trago de bourbon o un cóctel con ron.

El primer día tomamos el tranvía para recorrer la St. Charles Av. - uno como el que inspiró a Tennessee Williams, aunque el nuestro no se llamara Deseo - y nos perdimos entre las calles del Garden District admirando lo opulento de sus casas - la mayoría de la segunda mitad del siglo XIX - y los antiquísimos robles, con la imaginación puesta, la mía al menos, en aquel Sur de "La Cabaña del Tío Tom" y en la Scarlett de lo "Lo que el viento se llevó".

Luego caminamos por la ribera y por el mercado francés, acercándonos para al anochecer vagar por el French Quarter o Vieux Carré. Las casas de este distrito datan de la época colonial. Construídas de ladrillo, de estilos europeos y criollos y pintadas en colores de carnaval, contrastaban en suntuosidad, que no en belleza, con las que habíamos visto anteriormente. A nivel del suelo todo era transeúntes, músicos, bares, galerías y tiendas resplandecientes de luz neón; pero su segundo piso era todo balcones de hierro que invitaban a acomodarse en ellos para desde ahí ver pasar la vida por las calles. Una vida bulliciosa, desenfadada y seductora que evocaba, a pesar del frío, la sensualidad del Caribe.

A la mañana siguiente fuímos al cementerio #1 de St. Louis, donde se encuentra la tumba de Marie Laveau, reina del voodoo, ante la cual se depositan ofrendas y se solicitan deseos, sobre todo de amor. Yo pedí uno, pero no se me cumplió. Lo curioso de los cementerios en Nueva Orleáns es que a los muertos se les deposita en tumbas a nivel de la tierra, ya que el subsuelo es acuoso y los ataúdes podrían flotar.

De ahí nos fuímos al Louis Armstrong Memorial Park y dentro de él al llamado Congo Square donde los negros, esclavos o libres, se reunían todos los domingos por la tarde para mercadear, hacer música y socializar; costumbre que contribuyó a mantener su herencia musical y a darles cohesión como comunidad.

Comimos en la ciudad moderna y después abordamos uno de los barcos de vapor que ofrecían paseos por el Mississippi - el padre de las aguas. Desde ahi vimos más casas suntuosas y alguna plantación.

Esa noche descubrimos que el bullicio nocturno se concentraba en los bares de la Bourbon street. Pero antes de sumirnos en su ambiente, descubrimos un sitio, modesto con respecto a los sitios que lo circundaban, donde muchos hacían cola por entrar. Nos acercamos a preguntar y terminamos adentro. No había sitio siquiera para sentarse en el suelo, así que yo me coloqué bajo la axila de un hombre muy alto que parecía estar ahí para sostener una de las columnas del lugar. La banda hizo su entrada. Unos siete negros con el pelo totalmente cano y un joven más. Empezaron a tocar. ¡Que delicia! ¡El mejor jazz! Treinta y cinco minutos y la tanda terminó. Era el Preservation Jazz Hall. No fue un lujo repetir ni comprar disco ahí.

El día siguiente transcurrió lánguido y en paz, dejando que la ciudad nos permeara a través de todos los sentidos. Ésa sería nuestra última noche allí, pero tú y los otros optaron por descansar antes de emprender el viaje de regreso. A punto estuve de hacer lo mismo, pero la falta de sueño me devolvió a mis cuitas. Recordé a los ancianos tan abundantes en los sitios donde habíamos pernoctado y decidí ir a un buscar un café póstumo.

Tomé las llaves del auto y me escapé en él. Encendí la radio y así vagué un rato por toda la ciudad. Antes de darme cuenta estaba de regreso en el Barrio Francés. Me senté a la barra de un bar y no me atreví a pedir el café. Al cabo de una hora, la bartender me empezó a hacer plática. Tampoco tenía ella con quien ir y le apetecía tomar una copa. Nos fuímos de bares. ¡La noche más divertida! Con nadie es mejor conocer un sitio que con los locales. Terminamos en alguno viendo strippers, bailando zydeco y llenas de collares. Ya sola, de regreso al motel, vi despuntar un hermoso día. Paré en cualquier cafetería y desayuné café y beignets.

Dados los gastos de "mi noche" debimos emprender el regreso a toda máquina. Llegamos a la frontera suspirando por PEMEX. Yo dormí todo el camino hasta estar de regreso en México; mi parte fue financiar. Nos despedimos sin ninguna melancolía. No te volví a ver ni falta me hizo, y si alguna vez te recuerdo, te pienso guapo como nunca más, de sombrero y vestido de gris caminando por el French Quarter.

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