Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


14.12.05  :: 13:11

Ni modo. Ya nadie quiere trabajar. Estamos en plena escalada del puente Guadalupe Reyes. Oh, blanca Navidad, noche de amor, tiempo de paz. Si tienes prisa, más te vale relajarte, porque de aquí hasta el lunes nueve de enero, lo que no pasó ... ya no pasará.

Nada. No más decisiones. Sólo como los intestinos, que trabajan hasta mejor cuando se descansa, se mantendrá la operación mercantil que satisfaga la demanda de huestes de festejadores, que apretujados en los centros comerciales buscan exquisiteces y novedades que obsequiar.

Todavía el viernes escuché en las oficinas a los gerentes argumentar que dar el día a los empleados para celebrar a La Guadalupana era cosa del pasado. Sí, Chucha. Por eso el lunes, ni ellos trabajaron. Los bancos cerraron para no profanar el día. En las oficinas, bendición y eucaristía, después la tarde libre para celebrar a las Lupitas. En las fábricas, misa, taquiza y hasta bailongo, según la medida de la conquista sindical. Flores en todos los altares del verdadero ícono de la mexicanidad.

Después de ese primer festejo, el sopor navideño irremediablemente lo invade todo. Aunque uno quiera, ya no encuentra con quién negociar. Es hora de llamar a los amigos que uno no ve desde hace rato. Quedar para verse nomás termine esta semana de tráfico infernal y brindis de fin de año con clientes, proveedores y compañeros de trabajo. Alguna posada brilla solitaria en la agenda de la próxima semana (una y sólo una porque ya es más tradición irse en estos días a vacacionar a la playa que cantar letanías o arriesgar la crisma bajo una piñata), y luego la cena familiar. Una semana en la que nadie espera hacer nada, Fin de Año; y luego tiempo para retomar los arreos, Rosca de Reyes, y otra vez la normalidad.

No hay voluntad que valga. Uno a uno todos desistimos, ¿qué puede hacerse contra la corriente? Además, todos necesitamos descansar.

Me gusta esta sensación de relajamiento. Lo que detesto es el aire de inocencia. Lo detesto por artificial. No digo que la inocencia no exista. No existe en esta ciudad. No entre esta gente que la adquiere prefabricada y en paquete con montones de foquitos chinos, que cuelgan de pinos que si bien aromatizan, resultan ridículos en una urbe donde el concreto aplasta todo lo natural. No la hay ni en los ojos de los niños, que sueñan con tener alas, pero las musicales de Mattel, que por otra parte, son las únicas que les hemos enseñado a desear.

¿Porqué serán tan kitsch los adornos navideños? ¿No es hora de que ya hubiera mejores diseños? Odio las lucecitas que semejan, ¿qué cosa? ¿Los destellos de la luz sobre el hielo? Odio los muñecos de nieve hechos de plástico (tan de moda este año) y los santacloses de baterías. Moños, esferas, oropel, osos y duendes de peluche. ¡Qué cantidad de basura! Es como si los judíos celebrará el Hanuka con candelabros de plástico.

¡Seamos serios! Aunque la época pierda su tradición religiosa, necesitamos relajarnos y podemos darle a nuestro descanso un símbolo. El mejor de ellos, el más auténtico, el único natural, creo que es El Regalo. No perdamos nuestra tradición. ¡Di no a los intercambios!

Bien dijo mi abuelita con sus noventa y cuatro años, los arboles de navidad son lindos pero sólo cuando están llenos de regalos.


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