Asakhira
Explorando territorios Patricia @révalo
Vamos siendo nuestra propia isla,
arriesgando leyendas
sobre los límites del mundo ...
                           Teresa Melo, Cuba


25.4.06  :: 23:47

Infarto Urbano

Salgo temprano de una junta de trabajo, contenta, con buenos resultados. El día es espléndido, la visibilidad infinita. Casi un milagro en esta ciudad donde rara vez se alcanza a ver el horizonte y éste, por lo general, se difumina en una franja gris rata que te recuerda la suerte de aire que respiras. Hoy no. Hoy el aire parece diáfano. Para llegar al sur hubo poco tráfico. Apenas si manejé treinta minutos y eso que paré en el camino para comprar un café americano, mi desayuno, que fui sorbiendo en el auto. Es la una y debo estar en el norte a las cinco. Llamo a un amigo y hago planes para alcanzarlo e ir a comer con él en algún lugar agradable a mitad de mi camino. Nos vemos a las dos, decimos. Tomo el auto y busco salir por la vía más rápida, el Periférico. Hay tráfico, así que me desvío para tomar la avenida paralela, Revolución. La cosa está peor. Será mejor circular entre las callecillas. Otros han tenido la misma idea. Aún así avanzo, aunque cada vez más lentamente. Recapacito. Algo muy grave está pasando. No son aún las dos, hora en que salen los empleados a comer y las madres a recoger los hijos a la escuela, y si esto no mejora, en minutos va a haber caos. Por ir pensando en ello, pierdo mi única oportunidad de virar hacia el Este y no tengo otra opción que regresar a la ahora sí, muy congestionada avenida Revolución. He caído en una trampa. Llamo a mi amigo - ¡benditos celulares! - y cancelo la comida. Puedo aún pasar a casa y prepararme algo. Los tres cafés de la mañana - dos más cortesía de la cita de trabajo - me hacen circo en el estómago vacío. Avanzo a razón de una calle cada diez minutos. Ahora una cada quince. Ninguno apagamos motores porque avanzamos continuamente, aunque sólo sean diez centímetros. Si alguno se descuida o se duerme, otro se le mete delante. Eso sí, todo pasa en silencio. Un silencio grave. No se oye un solo claxon. Nadie reclama, nadie apremia. Ni siquiera se escucha música estruendosa desde los autos. El día antes tan soleado y claro, es ahora sólo harto caluroso. Huele a motor y a asfalto calientes. Hace ya rato que dieron las dos. La gente sigue subiéndose a los microbuses entrampados. Llevo media hora practicamente detenida enfrente de una tienda de refacciones para licuadoras, entre dos camionetas y detrás de un trailer de doble remolque. Sería mejor no haber traído auto, pienso. Tampoco zapatos de tacón alto. Busco noticias en la radio. Cuarenta, cincuenta estaciones y nadie, nadie informa de lo que aquí está pasando. Minuto a minuto dan las tres de la tarde. No tengo siquiera forma de estacionarme y abandonar el auto. Tengo que llamar a otro amigo para que me diga en qué frecuencia encuentro la estación de radio que continuamente da reportes viales. Sudo como si estuviera en el sauna. Sudo de todas partes. Dormito y se me meten delante. Tampoco reclamo o hago sonar el claxon. Finalmente alcanzo a escuchar algo por radio: en lugar de hacer trabajo nocturno, dados los tiempos electorales, el jefe de gobierno de la ciudad ha autorizado cerrar Periférico en pleno día para concluir las obras viales. ¿De eso se trata? El hombre que vende entre los autos bolis (nieve en bolsitas de plástico) me indica que un poco más adelante de donde estoy yo, los empleados de INEGI que fueron recortados tienen bloqueada la avenida desde hoy en protesta y hasta que los reincorporen en sus trabajos. Recuerdo: son tiempos electorales. En la última hora y media he avanzado sólo cuatro calles. Cuatro. Son las cuatro de la tarde. Detesto el aire acondicionado, pero lo enciendo para refrescarme. Apenas quince minutos después veo que la aguja que indica la temperatura del auto señala que ésta es crítica. Maldito aire. Ahora sí que debo estacionarme, pero dónde. Llego a la esquina donde todos, traileres, autos y microbuses, cuando podamos, debemos dar vuelta. Pero esto está convertido en un estacionamiento gigante. En la esquina, los autos provenientes de todas las posibles direcciones se han mezclado sin sentido y cualquier movimiento más que mínimo, es milimétrico. En un momento providencial se abre un hueco - otro se ha distraído - y logro entrar al estacionamiento de un local de comida rápida. Pollo. Detesto el pollo preparado al estilo del 'coronel' Sanders, pero el auto necesita enfriarse y yo necesito comer algo y pasar a los servicios. Pido ensalada, bisquets con mermelada y una soda enorme. Como despacio. Siento que no puedo hacer nada. Pienso que en esas tres y media horas perdidas pude haber llegado hasta Orizaba. El tráfico sigue igual. No queda ya un solo lugar vacío en el estacionamiento, pero el local no está tan lleno. ¿Dónde han ido? Enfrente hay una estación de metro. Mi casa queda a sólo cuatro estaciones. Cancelo la cita de la tarde, no llego. Decido dejar ahí el auto. Tomo el metro casi vacío como otros tantos viajantes somnolientos y en minutos estoy en la contra esquina de mi casa. Por aquí la misma avenida está vacía, como si aún fueran días de vacaciones. Entro. Me quito los tacones. Me lavo la cara. Me recuesto, pero no hay que ser irresponsable, si encuentran que el auto no pertenece a ningún comensal, corro el riesgo de que pidan que se lo lleve una grúa, aunque, ¿qué grúa podría llegar en ese caos? Una hora después regreso, aún hay tráfico pesado pero las patrullas ya levantaron el bloqueo. Total, ya perdí buena parte del día como la pierde día a día la gran mayoría de los que vivimos en esta urbe, transportándonos, respirando humo de motores, inmovilizados en el tráfico, cabeceando en cualquier transporte, en silencio. Siempre me he dado maña para evitar caer en congestionamientos, pero alguna vez me tenía que tocar. Con esta van dos seguidas, ayer y hoy. Mañana tengo la fortuna de no tener que salir de casa para ir a perseguir el bolillo.


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